“Cuando el Sol emprende la retirada” por Oscar Armando Bidabehere

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PD-Atardecer-Torre-IglesiaEl sábado, Juan Manuel Saborido, Adn Puerto Deseado, arrojó el guante con esta notable imagen. Escribí a borbotones un texto, urgente, para recoger el desafío, con sus errores, y me salió esto:

“Puerto Deseado. La foto enciende la imaginación, convoca tiempos idos, aguijonea la memoria, alienta a encontrar respuestas, ¿qué, dónde, cuándo?¿ Cómo atravesar el velo que decreta la penumbra?. Estamos en el atardecer, cuando el Sol emprende la retirada.

Va camino a la Bahía Uruguay, cansado, tras la tarea cumplida. Viaja rumbo a otras latitudes, y en el cielo, como pinceladas, va dejando huellas de fuego. Comienza el descenso por una escalera imaginaria, para perderse hasta donde la vista alcanza. Pero antes quiere dejar su impronta.

Una rutina que se repite. No hay signos estacionales que permitan adivinar de qué tiempo hablamos. Otoño, invierno, primavera, verano. Las cuatro estaciones de Vivaldi le ponen música al paisaje. Mientras se filtra por el esqueleto desnudo de ese frío atalaya de cemento, parece un ojo que anuncia el crepúsculo. Y que da su último bando, asomado a una ventana programada desde una oficina celestial.

Como un panóptico protector que se mimetiza con la torre del templo. Las casas, están amuradas, mudas, prisioneras de su destino, atrapadas sin salida, y delatan un ejército que se mueve en las sombras, donde se intuye, habita la vida. Dos pinos, con un ramaje que desafía la uniformidad, señalan aquel oasis enclavado en las orillas de la meseta. Y adivino lo que sigue, porque lo gocé de chico, siempre de ese verde que contrasta, en las horas diurnas, con lo rojizo del pórfido que irrumpe, aquí y allá, en la geografía patagónica.

Lo demás es una silueta compacta, de líneas rectas, donde las formas se subliman en la negritud. Viene la noche. Y con ella el descanso. Hay pequeñas luces, destellos en la oscuridad, que anuncian presencias humanas. Trato de hurgar en un claro, exigiendo la mirada, donde se adivina la calle Don Bosco, en el flanco derecho de la iglesia, la misma donde estaba la casa de mi infancia. Y que se extiende hasta ese fondo elevado, para decirnos que la ciudad se erige en una depresión, de cara al río.

En ese cuenco rocoso, late apasionadamente el corazón del pueblo. La vida que fluye con su carga de esperanza, y que el astro, que enceguece las miradas, observa por última vez. Quizás para recordar, y no dejar asuntos pendientes. Da los últimos toques, vigila, cuida. Mañana será otro día.

En pocas horas se renueva el ciclo, y con el alba, el hormigueo que entroniza el bullicio, con las estridencias de motores encendidos, el concierto de voces y colores, que reinan en los jardines. A la hora que la imagen perpetúa, todo se revela muy austero y luminoso en lontananza. Hay un horizonte, ese otro lado donde nacen y crecen las utopías. Pienso que la vida es caminar, ir por los sueños que nos alejan de las oscuridades cotidianas. Esas búsquedas que no acaban…”

Oscar A. Bidabehere, Buenos Aires, 03 de setiembre de 2016

(NR: Juan Diego Saborido, fue la voz de alerta de la instantánea que rertratamos.)

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