#IndioEnOlavarria “Salió todo mal y se pagó caro”

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El fin de una ilusión. “Fuimos a reír, a saltar, a cantar, a ser felices y volvimos muy pero muy tristes”. Una crónica en primera persona.

Por Cristian Navarrete*

La crónica que nunca quise escribir.

Los miles y miles de personas que llegamos desde distintos puntos de la patria y de otros países, que viajamos horas interminables por rutas desbordadas y caóticas, que aguantamos las inclemencias del tiempo, que caminamos kilómetros y kilómetros de cuadras para llegar a un predio sin la capacidad e infraestructura necesaria, digo, los miles de personas que fuimos a Olavarría no asistimos a una misa ricotera, asistimos a la extremaunción musical del Indio Solari.

Fuimos miles hasta Olavarría y, lamentablemente, no vamos a volver todos. Hubo muertos y eso duele, no se cura. Son compañeros de ruta y es muy probable que alguno de nosotros haya compartido una birra con estos chicos este sábado 11 de marzo fatídico o alguna otra vez. Duelen las muertes y más cuando son de pares. Murió uno de nosotros. Siempre muere uno de los nuestros.

De culpas y responsabilidades legales ya se encargará la justicia. O no. Pero todos fuimos responsables. Desde el Indio hasta nosotros pasando por el Estado y todas sus estructuras vinculadas. Nos nos cuidaron y no nos supimos cuidar. Lo que podía haber sido un recital histórico para bien resultó ser un recital histórico para mal. Hubo muertos. No olvidemos. Fuimos a reír, a saltar, a cantar, a ser felices y volvimos muy pero muy tristes. Y otros no van a volver y alguien tiene que pagar.

Todos los que vamos a ver al Indio sabíamos que este recital iba a convocar más gente que nunca y todos sabíamos que no iba a bajar de 300 mil personas. Y lo sabíamos nosotros por una cuestión de intuición que tenemos los que vamos a recitales. Pero parece que la producción, la organización y el Estado que tienen las herramientas necesarias para saber de esto y la responsabilidad de hacer algo acorde no sabían o se hicieron bien los boludos.

La ciudad de Olavarría no estaba en condiciones de recibir a semejante maremágnum de gente. Viajamos decenas de horas cuando para algunos normalmente llegar a esa ciudad cuesta solo tres horas. Imaginen los que vienen de más lejos. Kilómetros de fila de micros, autos, combis. Mala ubicación donde quedaron los micros y donde estaba el predio. Yo en lo personal caminé 150 cuadras de ida y 150 cuadras de vuelta desde mi micro hasta el predio y viceversa.

Lo del colapso de las rutas ya daba claras muestras de que no estábamos equivocados en la magnitud de la cantidad de gente que iba a Olavarría. Una vez llegado y después de horas y horas de viaje la mayoría de los asistentes quedamos a una distancia del predio La Colmena de entre 70 y 150 cuadras. Una bestialidad. Las calles interiores de la ciudad estaban abarrotadas de personas. En algunos momentos no entrabamos en las calles. No había baños, no vi policías, ni vi puestos médicos y sanitarios, no vi bomberos, no vi nada que el Estado debe proveer cuando realiza un negocio de este estilo. Y eso que caminé una centena de cuadras.

Hago mención especial a los vecinos de Olavarria. Cuando íbamos para el recital no los vi con miedo, como escuché en algunos medios de comunicación. Ojo, alguno habrá. Vi vecinos saludando la enorme procesión, charlando amablemente con los ricoteros, prestando sus baños, convidando agua, hielo, sacando fotos y filmando un hecho cultural de una magnitud que muy pocas veces se ve. Luego, en la salida, fueron los vecinos quienes cumplieron con el rol del Estado que estuvo ausente anoche. Contuvieron a la gente, indicaron las calles y avenida con lujos de detalles por la cantidad enorme impresionante de gente desorientada y perdida como quien escribe. Vecinos subidos a los techos de sus casas o en balcones ayudando a los gritos como podían a la gente porque, claramente, todas las veredas y calles aledañas al predio estaban colapsadas.

Pero sigo con el relato en orden cronológico. Como decía, caminamos kilómetros desde nuestros micros hasta el predio. A pesar de la algarabía previa, las drogas, el alcohol, las ganas de ver al Indio y todo, el malhumor comenzaba a gestarse. No es el germen de nada pero es una descripción de lo que pasó.

La entrada al predio fue una cagada. Desvíos al pedo, malas o nulas señalizaciones de calles, puestos o puertas de entradas. Nadie ni nada que oriente, sólo una masa de gente que caminaba porque la gente caminaba. Cruzamos calles, avenidas y bulevares. Cruzamos terraplenes y vías. Cruzamos casas, edificios y descampados. Cruzamos negocios y fábricas. Cruzamos plazas y campings. Salvo que sea un tour para incentivar el turismo a la ciudad, es inentendible esto.

Entramos solos porque no había nadie. De alguna manera éramos dueños de la ciudad o hubiésemos sido los dueños si tomábamos la decisión. Pero la mala organización para llegar al predio y el llegar mismo era en lo único que se pensaba. Caminamos por terraplenes y campos llenos de barros con gente que se caía. De alguna manera fuimos maltratados.

Claramente no hubo controles en un determinado horario. Muchos de los que vamos a ver al Indio sabemos y aceptábamos que a determinada hora se piden entradas y hay un cacheo más intensivo y que después de cierta hora se libera la entrada y los cacheos. Tiendo a pensar que esto fue un contrato tácito que se nos dio para que las misas sean en paz, sin disturbios. Sí, es raro, pero siento que fue así. Tipo: vos me dejas pasar el escabio y yo no rompo nada. También siento que ese contrato tácito siempre se cumplió y por eso su perpetuidad. También sé que durante muchos años no hubo grandes inconvenientes en un público que no baja de los 200 mil espectadores.

Suelo llegar sobre la hora del show para hacer uso de este contrato tácito. Entrar un fernet o un vino para disfrutar durante el show. Pero esta vez el cacheo estaba. Digo “estaba” porque suelo entrar después de las ocho y media de la noche que es cuando el contrato de empieza a manifestar. Había un cacheo selectivo. Y me toco a mí. Yo llevaba una botella de fernet y otra de whisky en la mochila.

El de pechera verde fluo me para, palpa la mochila y me dice “che, tenes botella de vidrio no las podes pasar” a lo que le contesto “dale, dejame pasar no voy a hacer nada, no vine a bardear”. Sinceramente no quería perder las botellas porque había gastado como seiscientos mangos. En ese momento el pechera brillosa me dice “bueno, pero convidame un fasito”. Sólo voy a decir que pasé con mis botellas. Así las cosas. En ese pequeño acto entre ese laburante y este laburante que ahora escribe esta crónica, para mí, hay un germen malo de algo. Dos responsables de algo tanto él como yo. Por un lado la responsabilidad del muchacho, el cual debe estar mal pago y todo, de dejarme pasar porque yo sé que no voy a lastimar a nadie con las botellas pero él no. Y mi responsabilidad por llevar botellas de vidrio a un lugar así.

Una vez adentro con mi ticket sin cortar, e insisto y recalco con la mala organización en la entrada tanto a la ciudad como al predio, insoportable, insostenible e irresponsable por donde se lo mire, nos empezábamos a dar cuenta que ahí no íbamos a entrar. Ya estaba lleno cuando entré y faltaba que entren miles de personas. El show arrancó tipo diez de la noche. Si arrancaba media hora antes hubiese sido una tragedia aun mayor por la desesperación que el inicio de los acordes genera en el público que empieza a correr para llegar a ver el recital. Como digo, no entrábamos.

Entre los apretones y empujones comunes de un recital arranca el show. No llegaron a tocar más de tres o cuatro canciones, no recuerdo bien, cuando el Indio paró el show. Entró a pedir a la gente que ayude a algunos que se habían caído cerca del escenario y que los estaban aplastando. Exigió a Defensa Civil que vaya y ayude a esa gente. Retó al público porque no le hacía caso. Pedía casi desesperado por los que quedaron en el piso en lo que después nos enteramos que fue la avalancha. Dijo que “unos borrachitos” estaban caídos. Exhortó a quienes no estaban bien que vayan al fondo. Recordó la advertencia sobre cuidarnos que había manifestado en redes sociales. Señalo a “20 boludos” de querer cagar el recital. Y así transcurrieron veinte y treinta minutos con el recital suspendido.

El Indio daba indicios de que la cosa no se resolvía y la gente empezaba a murmurar. En un momento dijo que el show iba a continuar porque si no iba a ser peor. Y que iba a tocar un tema más lento para tranquilizar. De ahí en más se vivió un show incómodo para muchos de los espectadores, para el Indio y para los músicos. Un ambiente tenso se apoderó de la situación. Ya nada fue lo mismo. No había onda. No había onda de parte el Indio. No había onda del Indio para el público. No había onda con los músicos. Algo pasaba. Algo pasó.

El show transcurrió mal. Cada uno o dos temas había un bache. El indio seguía dando indicaciones. Estaba nervioso y desconcentrado para cantar, tanto es así que se olvidaba de la letra de alguna canción o directamente la cantaba mal. Lo que fue la avalancha dejó sus secuelas que hasta ese momento no sabíamos que era. Todo esto pasó al inicio porque es cuando la gran cantidad de gente tiende ir hacia adelante para estar cerca del escenario.

No voy a entrar en detalles técnicos ni en una crítica musical pero el predio sólo podía satisfacer sonoramente a alrededor de un 40 por ciento del público a pesar de las quince torres de sonido. Todos querían escuchar bien y mejor y por eso iban hacia adelante. La presión de gente era mayor. La banda no sonó ajustada. El Indio cantó mal y se equivoco varias veces. El sonido era pésimo. Y los nervios y la preocupación atravesaban todo el escenario.

En un momento el Indio amenazó con no volver a tocar por la situación que se estaba viviendo. El cacique no podía ordenar a su tribu. Ahí algo se quebró. Sus huestes ya no le hacían caso. Dejó entrever que alguna mano negra hubo. Andá a saber. Una noche de cristal que se hace añicos.

Para sumar condimentos de irresponsabilidad, muchos pelotudos se subían a las torres de sonido y de iluminación. En la torre de sonido numero catorce dispuesta en el medio del predio había por lo menos 50 personas colgadas y los mas suicidas bailaban en la punta de la estructura. Algún dios bondadoso hizo que los trabajadores hayan asegurado muy bien esa torre. Podía haber sido catastrófico pero a veces merecemos bellos milagros y ocurrirán.

En medio del show y de uno de los tantos parates tuvo que salir alguien de la producción del evento a pedir por favor al público que se calmen y que todos hagamos “dos metros para atrás, sólo dos metros para tratar de sacar a los chicos caídos”.

El show fue tenso, nadie tenía  ganas. Sólo se le puso onda a alguna que otra canción y hasta ahí nomas. Verdaderamente una lástima. El recital terminó y empezó otro calvario: la salida. Solamente un par de cuadras estrechas para desconcentrar cientos de miles de personas. La gente estaba más desorientada que en la entrada y peor. Gente apurada y perdida. Los micros se iban a ir y había que llegar rápido porque quedaron a docenas de cuadras. Los vecinos ayudando y orientando porque no había nadie más. Estado ausente a pleno. En las calles la responsabilidad no es del Indio. De eso estoy seguro. Había gente asustada. La situación era todo una mierda.

Las bombas pequeñitas atestaban la ciudad llena y colapsada en la salida. Aun no teníamos noticias de lo que pasaba. O por lo menos la gran mayoría. Recién cuando estábamos a 50 cuadras de distancia del predio empezaba a haber algo de señal en los teléfonos de quienes todavía tenían batería y empezábamos a enterarnos de cosas. Había muchas versiones. Muchas llamadas o mensajes de preocupación de las familias que quedaron en sus casas. Imagino un momento de mierda de quienes no se podían comunicar con sus familiares y amigos. Como decía: muchas versiones. Pero ya sabíamos que algo pasaba. Algo pasó.

 

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 La salida fue más caótica y menos organizada que la entrada. Las calles se convirtieron en un embudo y la presión era por momentos insoportable. Cuando en el transcurrir de las cuadras se empezaba a descomprimir y nos empezábamos a enterar todo fue una cagada. La vuelta fue una tristeza porque no volvíamos todos. Caminamos 150 cuadras con un nudo en la garganta. Con gestos adustos y de negación.

No sabíamos cuantos pero sabíamos que algo pasó. La irresponsabilidad de algunos medios hizo más perverso el panorama. Se ve que estaban sedientos de sangre ricotera.

Muchos culpan a las drogas y alcohol. Les cuento que así fueron todas las misas ricoteras. Ese no fue el problema central. Las razones hay que buscarlas en las responsabilidades de la producción, organización y del Estado. Y claro que también el Indio. Sin olvidar que nosotros en algo contribuimos.

Salió todo mal y se pagó caro. Se desbordó todo. Quienes pudimos salir temprano de la ciudad, y por temprano digo cuatro o cinco horas después terminado el recital, sufrimos el colapso de la vuelta en la ruta. Peor fue la situación de quienes quedaron varados, abandonados o directamente no podían salir de Olavarría. Caos total.

Así volvimos: sucios, cansados, tristes, desganados pero sobre todo tristes. Sabemos que no habrá más misas, no habrá más peregrinación y me parece lógico y razonable. A pesar de las responsabilidades que le caben al Indio duele que sea de esta manera. No se lo merecía y nosotros tampoco. Aun a pesar de que hubiese terminado con todos sanos no podía continuar con esto. Se hizo todo muy desbordante, incontenible. Pero se terminó así, mal. Las despedidas son esos dolores dulces.

Fuente Revista Veintitres / *Periodista

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