Cuatro horas de guitarreada a sala llena con José Larralde, última gloria de una raza en extinción

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Un viaje musical a través del tiempo. Cercano a cumplir 80 años y a medio siglo de la salida de su primer disco, el folklorista sigue siendo un fenómeno único.

Por: Andrés Casak Foto: Francisco Kito Mendes.

Ni el frío polar ni la llovizna logran vencer un rito ineludible: la asistencia al concierto de José Larralde. El lugar: el Club Italiano del barrio de Caballito. Allí una larga fila copa el hall de entrada. En uno de sus salones, tapizado por carteles con noticias institucionales y trofeos, una señora se toma una selfie junto a un afiche del cantante. Las familias se mezclan con parejas jóvenes, grupo de amigos y chicos con remeras del grupo Almafuerte, herencia de la admiración del rockero Ricardo Iorio por Larralde. Un espectador matiza la espera con una ocurrencia: dice que el público es multitarget y a su alrededor celebran la humorada. Nada más alejado del marketing que la convocatoria en el Club Italiano. En pocos minutos, se ocupan las 300 butacas del auditorio.

A punto de cumplir 80 años -el próximo 22 de octubre- y a medio siglo de la salida de su primer disco “Canta José Larralde”, sigue siendo un fenómeno único. Prácticamente sin publicidad, sólo con la promoción de unos afiches en la vía pública y con la ayuda de los sitios web de fans, Larralde llena las salas. Su circuito se despliega en pequeños teatros barriales o del interior del país. En algún sentido, su leyenda talla fuerte en los márgenes: no da entrevistas desde hace años y su último disco de estudio A las once menos cuarto se editó en 1999. Cultor de un perfil bajísimo, su nombre sólo salió del anonimato en los últimos años por una noticia que se puede leer como un choque de planetas: su interpretación de Quimey Neuquén, remixada por el proyecto Chancha Vía Circuito, sonó en la serie Breaking Bad, musicalizando una escena en la que el protagonista Walter White cava un pozo en el desierto para enterrar una montaña de dólares.

Vestido por completo de negro, que contrasta con su tupida barba blanca, Larralde sale a escena y anuncia el tono de la presentación: “Esto no es un recital, no es un espectáculo, no es un show, mucho menos un concierto. Esto es simplemente una guitarreada”. La sentencia se refleja en la atmósfera: la sala permanece iluminada toda la función. En el centro del escenario, solamente acompañado por su instrumento, un atril, y una mesita que sostiene un vaso con agua, plantea el encuentro como una charla en la que matiza canciones con anécdotas. O al revés: hay muchas más palabras que canciones. Los seguidores ya saben que sus presentaciones no tienen una duración determinada. Se parecen a rondas de mate o a una ceremonia de fogón.

“Tengo por costumbre contar las historias de los temas que canto. Cuando se aburran, levantan la mano, yo meto una canción detrás de otra, y termino con este asunto”, explica con tono firme y una dosis de humor. Bajo su fama de huraño, se agazapa un charlista indomable. Solo en la primera hora, canta dos temas y se dedica a conversar. Sus comentarios manejan un registro amplio. Larralde puede ser ácido cuando habla de la delincuencia, irónico cuando saluda a una pareja de espectadores que llegó tarde con un “se perdieron lo mejor” o gracioso cuando bromea sobre sí mismo: “Siempre me voy por las ramas y cada tanto vuelvo”.

El cantor nacido en Huanguelén, un pueblo al sur de la provincia de Buenos Aires con siete mil habitantes, que supo trabajar en oficios rurales y que dice que sólo puede cantar sobre aquello que vivió, conserva los rasgos que lo convirtieron en una figura de contornos míticos: al borde de los 80 años, mantiene invicto su canto agreste y la fuerza de sus canciones. Ya en el primer tema, Un día me fui del pago, que describe las vicisitudes de aquellos que se marchan de los pueblos buscando trabajo (“los caminos son pa’ irse / las penas son pa’ volver”), aparece el núcleo de su obra: la vida del hombre de campo. Desde que asomó en el Festival de Cosquín de 1967, se convirtió en uno de los emblemas del canto surero, con el foco en las milongas y en la crónica social. Su poema recitado Herencia pa´ un hijo gaucho, todo un emblema de época, llegó a vender más de cinco millones de copias. Tal vez por eso, uno de los temas más ovacionados de la noche es la milonga Mi viejo mate galleta, que grabó en su primer disco y que aborda una historia mínima: el adiós a un mate.

Por momentos, el concierto propone un viaje ilusorio a otra época. Una sensación que se potencia en su imagen detenida en el tiempo, en el cancionero antiguo, en su verba gauchesca y en el manejo reposado del escenario. También, en su decisión de convertirse en una suerte de presencia ausente, al margen de los festivales y de los escenarios multitudinarios y a contramano de todo. Con su estilo directo, Larralde despliega entre las canciones un temario espontáneo e imprevisible: cita a los filósofos griegos, menciona a Einstein, narra que tiene mezcla de sangre vasca y árabe, y recuerda los boliches y los personajes de su pueblo, pero no dice nada del misterioso lugar que hoy ocupa, por decisión propia, en la música argentina, a pesar de su condición de clásico y de ser una de las últimas glorias de una raza en extinción.

Recién al final del concierto, le da predominio a las canciones e interpreta, una tras otra, gemas como Elegía para un rajao, Y otras cosas fuleras, Cosas que pasan y El Tamayo. Luego de cuatro horas, Larralde da por terminada la guitarreada. En la gélida noche de sábado, a la una y media de la mañana, el público vuelve a la realidad y apura la salida por la Avenida Rivadavia.

Fuente: Diario Clarín

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