Los quintillizos Ruffini cumplen 25 años: “En cada ecografía aparecía un bebé más”

Posted on

A los 32 años y después de una fertilización in vitro, Cecilia Baconsky fue madre primeriza de cinco bebés. Sin embargo, en el primer estudio creyeron que sólo eran trillizos.

Por Gisele Sousa Dias

Hay dos momentos que Cecilia Baconsky recuerda con nitidez. Uno sucedió durante 1986, cuando el diagnóstico entró como entra una puñalada: tenía un obstrucción en las trompas de falopio, por eso no lograba quedar embarazada. El otro momento está fechado en 1992: Cecilia estaba recostada y amamantando a un bebé con un pecho y a otro bebé con el otro. Los tres restantes estaban repartidos en el resto de su cuerpo. En la imagen que almacenó, Cecilia tenía 32 años, era madre primeriza de quintillizos y había leído que los bebés se calmaban si estaban en contacto con su piel y entre ellos.

“Yo quería tener muchos hijos, pero de a uno”, se ríe ahora Cecilia (54) desde su casa, en San Nicolás. Es la madre de los quintillizos Ruffini y su historia es -junto a la de los quintillizos Riganti y a la de los sextillizos López- una postal de la década del 90. Las familias múltiples sentadas, año a año, en el living de Susana Giménez: las fotos, los regalos y los sponsors deseosos de apadrinar a los nuevos “hijos de la Ciencia”.

“En aquel entonces, la reproducción asistida recién empezaba. Y a los 26 años, cuando me dieron el diagnóstico, me dijeron ‘andá a hacerte una in vitro porque ya estás perdiendo tiempo”, cuenta ella a Infobae. Cecilia era secretaria de un médico y Aldo Ruffini, quien era su marido, era un joven arquitecto.

Como no tenían dinero suficiente para pagar los estudios y el tratamiento en una clínica privada, Cecilia empezó a viajar casi 300 kilómetros, desde San Nicolás hasta la Ciudad, para atenderse en el Hospital de Clínicas. “Me gastaba el sueldo en una semana. Abría las piernas y había 50 médicos mirando pero bueno, era lo que había”.

Fueron tres años yendo y viniendo, a veces tres veces por semana. Hasta que un día, el hospital comenzó a hacer fertilizaciones sin costo y abrió una lista de espera. Cecilia se ilusionó pero la ilusión se desintegró apenas le avisaron que había tantas parejas antes que iba a tener que esperar al menos otros dos años. Para que no se vencieran los estudios, alguien le recomendó que fuera a un instituto de medicina reproductiva que tenía una fundación que atendía casos como el de ella.

En el primer intento de fertilización in vitro, en 1991, le transfirieron tres embriones. No “prendió” ninguno. “En el segundo intento, transfirieron cinco. Como en ese entonces no había selección de embriones, lo que creían es que a lo sumo podían quedar dos o tres”, sigue. La primera ecografía, una semana después de la transferencia, mostró que estaba embarazada de trillizos: “Yo me puse contenta pero me dijeron ‘pará, no te alegres, capaz después no queda ninguno’. La sensación era de fracaso, ningún médico quería generar un embarazo de tan alto riesgo”.

La siguiente ecografía mostró que no había perdido ninguno, al contrario: “Apareció el cuarto bebé. Yo me puse súper contenta, re inconsciente. El médico me dijo: ‘estamos en el horno’. Y me mandaron a coserme el cuello del útero para que si algún embrión quedaba a mitad de camino no perjudicara al resto”. Para hacerle la intervención le hicieron otra ecografía. Nadie lo podía creer: apareció un quinto bebé.

Con el tiempo, sin embargo, los embarazos de cuatrillizos y de quintillizos pasaron a ser un modelo en extinción. Las estadísticas de la Sociedad Argentina de Medicina Reproductiva (SAMER) lo muestran. En 1995, cuando fue el boom de la reproducción asistida, en el 50% de las fertilizaciones in vitro se transferían 4 embriones o más.

Los riesgos eran tan altos (y con tantas chances de muerte para la madre y los bebés) que el paradigma dio un vuelco hacia “el hijo único”: hoy, en el 95% de los casos se transfieren uno o dos embriones para que, a lo sumo, sean mellizos.

Cecilia y Aldo mantuvieron la calma. El padre de ella, en cambio, entró en shock, porque su hija y su esposo vivían en la casa de él: ¿cómo iban a mantenerlos? ¿dónde iban a vivir todos? Cecilia estuvo los siete meses y medio en reposo pero siguió haciendo ramos de novia recostada, para aportar algo de dinero a la familia. Hasta que le prohibieron también eso.

“A los cinco meses de embarazo, el diámetro de mi panza era el de una mujer que estaba a punto de parir. No me dejaban ni acariciarme la panza porque si se movían los bebés podían provocar contracciones”, cuenta.

El 4 de noviembre de 1992, los quintillizos -cuatro nenas y un varón- nacieron por cesárea y en este orden: Bertina (que pesó 1,270 kg. y fue la de mayor peso), Ángeles, Macarena, María José (la más chica, con 1,150 kg) y Nazareno. Pasaron un mes en neonatología. Cecilia iba a verlos en silla de ruedas. Estaba tan débil que apenas podía caminar. Para evitar el riesgo de infecciones en bebés prematuros, no les colocaron aros, por lo que algunos no lograban distinguir quién era quién.

Macarena y Nazareno tuvieron hemorragias -la nena, además, pasó un tiempo luchando contra una bacteria-, y fueron los que estuvieron más complicados. “En esos días en la clínica la llevamos bastante bien pero cada vez que empezaban a sonar las alarmas porque alguno tenía apneas, que son pequeños paros respiratorios, a mí se me paraba el corazón”, recuerda.

Cuando les dieron el alta, los Ruffini y los médicos ofrecieron una conferencia de prensa conjunta que se transmitió por todos los canales. Después se fueron al departamento que les habían prestado en Capital. “Hasta ahí todo muy lindo, todo lleno de regalos, de juguetes. Pero esa noche, llegamos al departamento y nos quisimos matar”.

 

Los quintillizos empezaron a llorar al mismo tiempo: “Les apagábamos las luces y lloraban, les prendíamos las luces y lloraban. Hasta que nos dimos cuenta de que cuando los poníamos todos juntos en la misma cuna se calmaban”, dice Cecilia. Y cuenta que eso mismo siguieron haciendo a medida que crecían. De noche acostaba a cada uno en su cama, por la mañana amanecían todos juntos en una.

Cuando llegaron a San Nicolás, sus amigos y sus familiares organizaron “la cena del pañal”: se podía comer a cambio de paquetes de pañales. Los Ruffini llenaron una habitación con torres de pañales que llegaban hasta el techo: “Me pareció un montón. Bueno, duraron tres meses. En ese entonces ya habíamos vendido hasta el auto”, sigue.

Las invitaciones a Hola Susana les sirvieron para equiparse: en el primer programa les regalaron un lavarropas automático y un freezer. Fueron invitados al living al menos 14 veces: de esas visitas llegaron los muebles de canje para la habitación, las cinco camas, las mesas de luz, la cómoda, la repisa, más pañales. Una marca de ropa infantil, además, los invitó a desfilar y les regalaron cajas con enteritos y bodies. Y un visitador médico les hacía llegar muestras de leche maternizada y latas de papilla.

Había que mantenerlos y, además, pensar trucos para contenerlos: “Claro, porque empezaba a llorar uno, después dos, después los cinco y terminabas llorando vos. Después te dabas cuenta de que se contagiaban, como cuando los bebés se contagian la risa”.

Cecilia les daba la teta de a dos y el resto quedaban encima de su cuerpo. “O les ponía una remera mía para que sintieran el olor y se calmaran, como les hacen a los perritos”, se ríe. Tuvieron que alquilar una casa grande, buscar una empleada de limpieza, comprar dos heladeras y contratar a una enfermera que les ayudara de noche. Cecilia les dio la teta a todos hasta los 9 meses.

Cuando los chicos cumplieron dos años, volvió a trabajar. Los fines de semana los dejaba con el padre y los abuelos y se iba a atender un servicio de catering para eventos -en el que sigue trabajando-. Volvía a casa a las 7 de la mañana y arrancaba el cambio de guardia.

“Era una felicidad muy estresante”, define. Y recuerda la madrugada en que los cinco bebés tuvieron un virus gastrointestinal a la vez y pasaron la noche vomitando. Y el día en que Nazareno trepó a la heladera para robar galletitas y se cayó. Cecilia lo encontró un rato después debajo de una cama, dormido y con la cara cubierta de sangre.

Los chicos fueron juntos a la escuela -todos fueron becados-, por eso siguen teniendo muchos amigos en común. Cuando cumplieron 13 años, Cecilia y Aldo se separaron. Tuvieron una fiesta de 15 años sencilla, pero la tuvieron. Hasta que se fueron a estudiar a Rosario y a Cecilia le quedó el nido vacío. “Horrible. Además, como siempre había sido muy difícil que alguien invitara a los cinco juntos, todos los amigos venían a casa. Pasé de la casa superpoblada a la casa vacía”.

 

Bertina estudió Producción Audiovisual y está a punto de recibirse. Ángeles se recibió de Diseñadora de interiores, Macarena es Diseñadora de Indumentaria, Maria José es fotógrafa profesional y Diseñadora gráfica y Nazareno es periodista deportivo. Algunos se fueron recibiendo y fueron volviendo a casa, en San Nicolás. Y el 4 de noviembre celebrarán juntos sus 25 años de vida.

“Te decía -cierra Cecilia-, es una felicidad muy estresante. Fue una vida a las corridas, la superposición de tareas te agota, la demanda es permanente. Lo bueno es que yo no soy una madre culposa, nunca lo fui, y siento que he hecho todo lo que pude, que he estado en todo lo que necesitaban. Y ellos son tan pegotes conmigo que supongo que lo saben”.

Fuente: Infobae

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s