El triunfo de la voluntad columna de @RayoVirtual

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En marzo de 1935 se estrenaba en Alemania el filme que más impacto tendría en la historia de la narrativa cinematográfica, pero del cual casi nunca se habla: “El triunfo de la voluntad”, de Leni Riefenstahl. Es un documental que da cuenta del congreso del partido nacionalsocialista alemán en la ciudad de Nuremberg en 1934, al que acudieron unos 700.000 militantes. En todas las enciclopedias figura como “filme de propaganda nazi”. Es fácil, entonces, advertir que una obra que ha recibido tal descalificación sea poco conocida. Sin embargo, fue admirada por, entre muchos otros, Michael Jackson. George Lucas en la saga Star Wars le copia casi cada fotograma. Muchos cineastas, como Ridley Scott (en “Alien”) o James Cameron (en “Terminator”, “Titanic” y “Avatar”), serían impensables sin el filme de Riefenstahl.

En “El triunfo de la voluntad” (la primera gran obra maestra de la historia del cine filmada por una mujer) todo es innovación. Todo lo que inventó Riefenstahl para sus filmes y producciones fotográficas hoy es parte esencial del cine. Las técnicas utilizadas por Riefenstahl, que incluyeron cámaras en movimiento, el uso de teleobjetivos para crear una perspectiva distorsionada, fotografía aérea y un revolucionario enfoque en el uso de la música y la cinematografía, hicieron que “El triunfo de la voluntad” sea el mejor documental en toda la historia del cine.

Un documental que, además, le enseñó a Hollywood cómo hacer mejor ficción. Incluso Charles Chaplin, que había realizado los filmes más innovadores de Hollywood, se vio superado por Riefenstahl, e hizo de su filme antinazi “El gran dictador” un homenaje (muy políticamente crítico, pero completamente fascinado) de la obra de la cineasta alemana.

En marzo de 1998, “Titanic” se convirtió en el filme que alcanzó la mayor audiencia en los cines de todo el planeta. Logró recaudar 1.000 millones de dólares por venta de entradas (fue el primer filme que lo logró) y hasta hoy se mantiene en el podio (sólo superado por Avatar, otro filme de Cameron). Hay mucho triunfo de la voluntad en “Titanic”. En todo sentido. Para conmover la imaginación y la conciencia de una época es necesario fundar un mito. Un mito necesita una serie de enfrentamientos: pobres contra ricos, suerte versus adversidad, libre albedrío enfrentado a destino, tiempos que se complementan y se contradicen, situaciones que nos muestran lo oculto y, a la vez, secretos que se sugieren y nunca se develan; vidas trágicas, pero vividas con tal intensidad que logran darle sentido a un universo sin sentido. “Titanic” tiene todo eso y logra exponerlo con una maestría asombrosa.

“Titanic” también homenajea a “El acorazado Potemkin” poniendo en escena la visión de los estamentos sociales según el lugar que ocupan en el barco: arriba, los más ricos; luego, la clase media; abajo, los pobres; y más abajo aún los trabajadores, que sudan como locos moviendo ese mundo en el que se mezcla todo con su trabajo esforzado.

Cameron no sólo reconstruyó el barco en la misma escala que poseía el original sino que filma el hundimiento en tiempo real: es decir, desde el momento en que se ve que chocan con el iceberg hasta que el barco colapsa totalmente pasa en el filme exactamente el mismo tiempo que el que le tomó al barco hundirse en 1912. Ese preciosismo de la reconstrucción del barco y de la época y ese preciosismo del ritmo temporal es el que logra que el espectador viva una experiencia semejante a la del pasajero que se enfrenta al horror de la deriva y la muerte en la noche helada del Mar del Norte.

El diálogo entre el presente de la narración (que supone una búsqueda de los tesoros ocultos en el barco hundido, en especial un diamante que perteneció al personaje femenino principal, Rose), las escenas reales filmadas a 4.000 metros bajo el agua y la reconstrucción del pasado son las que generan el núcleo narrativo del filme.

Cameron hace de la casualidad el eje narrativo principal. Gracias a la suerte en la partida de cartas es que Jack (el personaje interpretado por Leonardo DiCaprio) accede a un boleto para viajar a Nueva York. Como la vida que le espera a Rose en América le parece horrible, ella intenta suicidarse y Jack la salva. Eso genera entre ellos un vínculo que se transformará en amor: es el amor perfecto porque dura sólo un día.

Jack es invitado a comer con los millonarios en el restaurante de la primera clase. Le prestan un smoking y lo sientan en la mesa principal. El novio de Rose lo toma de monigote. Los ricos piensan reírse de él. Lo invitan a hacer el brindis de la noche y Jack da la clave del filme, de la vida, de toda experiencia intensa. Dice: “Hagamos que el día valga la pena”.

“Titanic” es el relato de ese brindis, de ese momento crucial. En esa frase del brindis Jack da a entender que el único sentido de la vida es hacer con ella algo que valga la pena.

El triunfo de la voluntad.

Fuente Río Negro

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