El trabajo no es salud – por @RayoVirtual

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Vivimos sin darnos cuenta. Ponemos entre paréntesis a la muerte. Y con ese paradigma organizamos nuestro tiempo social: vivimos como si fuéramos eternos (pero no lo somos). Para la mayoría el trabajo es algo “natural”. Es lo que le da sentido a nuestra vida y, a la vez, es la forma en que obtenemos los medios materiales para vivir. Pero no siempre fue así ni lo seguirá siendo en un futuro próximo.

Para los romanos el tiempo ideal era el del ocio. El tiempo de no hacer nada, el dedicado a la contemplación, a la fiesta, al disfrute y a la creación poética. El tiempo negativo era el del negocio (la negación del ocio): era el tiempo que dedicamos a trabajar, a comerciar, a hacer las cosas obligatorias.

Por las palabras que hoy usamos (ocio y negocio) pareciera que seguimos sosteniendo el esquema romano. Pero no es para nada así. El ocio actual no tiene nada que ver con el tiempo de fiesta, goce y creatividad libre del mundo romano. Ahora el ocio es también un negocio: almuerzos de trabajo, vacaciones regladas, sexo para descargar tensiones, clases de meditación y sesiones de yoga para estar en buenas condiciones productivas. ¿Cómo fue que el tiempo del disfrute se terminó convirtiendo en el tiempo negativo, transformándonos a todos en máquinas de producción sin descanso?

El cristianismo, hasta la Reforma de Lutero, adoptó la idea romana: trabajar es un castigo y la buena vida es el ocio. Por eso, entre los nobles, estaba mal visto trabajar; el trabajo era algo degradante, propio de la gente “inferior”. Incluso la palabra “trabajo” en el castellano viene de trepalium, un instrumento de tortura. Pensar que el ocio es la madre de todos los pecados no surgió con el protestantismo. Ya en el cristianismo medieval (continuando alguna tradición estoica) se dice que el ocio enferma el alma; pero era una idea marginal.

Lutero insistió en que Dios da trabajo (y fortuna) al bueno, al que abjura del demonio. No es para nada casual que los países que desarrollaron un capitalismo más robusto fueron los que adoptaron el protestantismo. A partir de la Revolución Industrial (1750) se impuso masivamente la idea de que trabajar es el verdadero objetivo de la vida.

A fines del siglo XVIII estaba ya tan extendida la idea de que el trabajo era salud y alejaba del pecado que todo el mundo consideraba apropiado que los niños de 5 o 6 años trabajen también, a la par de los adultos en jornadas de más de 12 horas. Esto cambió gracias a luchas de los obreros, que lograron acortar las jornadas extenuantes y otros beneficios, como las vacaciones. Pareciera que a comienzos del siglo XX se volvía a ganar tiempo para el ocio. ¡Desgraciadamente no!

Cuando estas mejores condiciones laborales se masificaron algunos economistas vieron que, tanto a los trabajadores más rústicos como a los empresarios más ricos, les quedaba un tiempo de vida que no usaban para producir. ¿Cómo se podría lograr que todo el tiempo de la vida de la gente sea productivo y diera ganancia? Haciendo del tiempo “libre” un tiempo “útil”, capaz de ser usado en beneficio de nuevas empresas. Para poder usarlo eficientemente hubo que acostumbrar a todo el mundo a hacer lo mismo: irse de vacaciones, ir al cine, ir a comer afuera, ver TV, ir al shopping.

Ya no habrá tiempo libre. Todo el tiempo en el que no se trabaja se lo captura productivamente a través del combate al aburrimiento: surge el espectáculo para llenar las horas “muertas” (primero el teatro, luego el cine, por fin la TV, ahora las redes sociales). Lo interesante de todo este proceso de destrucción de nuestro tiempo de ocio es que somos nosotros los que ayudamos a que esto suceda. Mucha gente no sabe qué hacer si tiene tiempo realmente libre. Nos hemos olvidado qué era disfrutar sin estar en conexión.

Sólo quedaba sin ceder el tiempo del sueño. Ahora, con las notificaciones en red, la mayoría de los menores de 35 sigue contestando menciones aun durante sus horas de sueño. Incluso las principales empresas de internet (Google y Facebook a la cabeza) están estudiando transformar en negocio los sueños mismos, esos que, muchas veces, ni nosotros recordamos que tuvimos al despertar.

Ya no somos personas que deciden libremente qué hacer con su ocio, sino objetos en la cadena de producción.

William Burroughs pensó este proceso cuando analizó el tráfico de drogas (que se masificó justamente a partir de que perdimos el ocio): “La droga es el producto ideal. La mercancía definitiva. No hace falta hacer un relato para venderla. El cliente se arrastrará por una alcantarilla para suplicar que se la vendan. El traficante no vende su producto al consumidor, vende el consumidor a su producto. No mejora ni simplifica su mercancía. Degrada y simplifica al cliente”.

Cambien la palabra “droga” por lo que consuman para escapar del aburrimiento (Netflix, sexo, shopping, meditación) y la frase seguirá siendo válida.
Para que todo el tiempo de la vida de la gente sea productivo y dé ganancia, se hace del tiempo “libre” un tiempo “útil”, capaz de ser usado en beneficio de nuevas empresas.

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