Por los caminos de Darwin

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“No creo haber visto jamás un lugar más alejado del resto del mundo que esta grieta de rocas en medio de la inmensa llanura” dijo el naturalista Charles Darwin cuando, con apenas 22 años, llegó el 23 de diciembre de 1833 a Puerto Deseado durante su intento de dar la vuelta al mundo. Maravillado, pasó la noche allí junto a su tripulación mientras su dibujante, Conrad Martens, eternizó el retrato de ese paisaje junto con la propia naturaleza que sigue contando su historia de más de tres siglos.

 

Hoy ese mismo lugar inmortalizado por las formaciones rocosas del Cañón del Río Deseado y contorneado por las aguas de la Ría Deseado, tiene nombre y puede ser visitado por todos nosotros para vivir una experiencia única. Se trata del Campamento de Darwin, al que se llega recorriendo 70 kilómetros desde la ciudad, muchos de ellos de ripio, acompañados de guanacos, choiques, piches y maras que nos sorprenden a los costados de la ruta.

Típica estancia patagónica

Antes de comenzar nuestra travesía guiados por Daniel Fueyo, el único operador turístico que la realiza, hacemos una parada en la casa de Juan Kuriger que nos recibe en su estancia Cerro del Paso, donde en sus 12800 hectáreas se encuentran los Miradores de Darwin.

Entre budines y panes caseros, con un rico mate o café humeante, disfrutamos de un desayuno reparador (la excursión sale de Puerto Deseado 7.30 de la mañana) mientras Juan nos cuenta que compró la estancia en 2005 pero hace un año la restauró en su forma original con chapas acanaladas y paredes de piedras volcánicas, con el objetivo de recibir a los turistas que llegaban para ver el sitio donde acampó Darwin. “La importancia de este lugar para mi es su valor histórico. Me interesa que se conozca lo que esto fue, cómo comenzó”, dice Juan y aclara que, si bien no hay registros exactos, se estima que es de finales de 1800. Por estar dentro de los límites de protección de la ría, que es reserva natural provincial, la estancia también es área protegida.

Entre charla y charla, Juan nos cuenta que fue amigo del ecologista estadounidense Douglas Tompkin, con quien compartía su amor por la naturaleza. “Para mí fue un maestro, muy humilde, de pocas palabras. Me enseñó mucho, sobre todo generosidad y entrega. Decía que Argentina, sobre todo la Patagonia, es el lugar menos contaminado del mundo”.

La pasión de Juan por el cuidado del medio ambiente, lo llevó a poner paneles solares y sistema de agua reutilizable en la refacción de la casa, además cuenta que separa la basura y realiza compost. “Es una excursión a la historia y la actualidad con el manejo sustentable de una estancia de principios del siglo pasado, en la que estuvo Darwin en 1833, luego Perito Moreno en 1870 porque quería conocer el lugar donde había estado Darwin y en 1914 fue Facón Grande (líder obrero en las huelgas patagónicas de 1921) quien le vende a Domingo Marsicano lo que hoy se conoce como Paso Marsicano que se encuentra también dentro de la estancia”.

La excursión, que es de día entero, se realiza con un máximo de 12 personas. “Yo quiero que se sienten a la mesa y pueda mirarlos a los ojos para charlar con ellos, por eso no quiero que sea algo masivo. Mi idea es que esto se transmita, que sea cultura, que esto quede”, enfatiza Juan y agrega que está preparando las habitaciones para que próximamente puedan pasar la noche también hasta ocho personas.

Camino hacia la historia

Ya con panza llena, nos preparamos para emprender un recorrido de 12 kilómetros. La primera parada es un mirador a 120 metros de altura desde el que se ve la ría, cuando cambia su color de turquesa a marrón, y los días de buen clima se puede ver también la ciudad de Puerto Deseado. El viento, que corre a unos 70 kilómetros por hora, nos da la bienvenida. Lejos de molestarnos nos hace sentir el impacto de su fuerza y la energía de su pureza, haciéndonos olvidar la prolijidad de nuestros cabellos que ya no estarán peinados en todo el día.

Un poco más de ripio y llegamos a uno de los miradores de Darwin, en donde tenemos una primera aproximación a la famosa piedra que se ve a lo lejos. Pero, enseguida, caminando unos cuantos metros, entre cerros rojizos, el paisaje se nos abre y nos sorprendemos al encontrarnos exactamente en el mismo lugar donde acampó Charles Darwin. Allí sigue estando, inmutable, la piedra que fue testigo de su visita. Daniel nos muestra el dibujo realizado por el asistente del naturalista y podemos ver que estamos en el mismo lugar, con las mismas plantas y solo cambió el cauce de la ría que ahora es menos intenso. “El estado de conservación del lugar está casi igual, lo que se modifico fue el curso del agua que disminuyó porque cambió el clima”, dice Daniel.

Seguimos caminando cañadón adentro y llegamos a dos cuevas, 6500 años una y 4500 la otra, donde encontramos rastros de pinturas rupestres realizadas por Tehuelches con raíces, tierra, orina, sangre y otros elementos que les permitieron dejar marcadas sus manos en las paredes.

El Paso Marsicano, donde había un antiguo muelle adonde llegaban barcos desde la ciudad de Puerto Deseado en busca de la lana de todas las estancias de la zona, nos muestra también los últimos kilómetros de la ría y nos hace revivir la llegada de los trabajadores rurales al boliche que los reunía para tomarse unas cañas y pasar horas de charlas.

A pura emoción

Finalizado el paseo, volvemos a la casa de Juan para compartir un almuerzo tardío (el reloj marca las 4 de la tarde) hecho por él y su hijo Federico. “El turista queda sorprendido, no espera que sea tan familiar, que pueda tener contacto con el dueño de la estancia como anfitrión, preparando el desayuno o el almuerzo. Queremos mostrar la vida en familia, los valores, la sobremesa. Para nosotros es muy importante, después de realizado el desayuno o el almuerzo, tomarnos un tiempo para charlar”, afirma Daniel.

Entre vuelta y vuelta de unos bifes que acompañaremos con papas, batatas, cebollas, zanahorias y morrones, Juan nos cuenta que tiene pensado hacer un museo histórico y otro industrial para compartir cómo era la vida en otros tiempos y asegura, con su tono pausado y reflexivo, que “acá parece que el tiempo está detenido. Acá hay tiempo, el de esas piedras, esos cañadones”. Y así es… porque son las siete de la tarde y seguimos inmersos en charlas y anécdotas que nos hacen olvidar que debemos regresar al hotel porque la excursión hace rato debió haber terminado.

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